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Entrevista a Miguel Ángel Alonso del Val

Entrevistamos a Miguel Ángel Alonso del Val, Doctor Arquitecto con premios extraordinarios por la Universidad de Navarra, erudito y Master por la Universidad de Columbia. Ha sido Profesor de la Escuela de Arquitectura de la Politécnica de Madrid, Catedrático de Proyectos y Director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra.

Es fundador del estudio “ah asociados”, con oficinas en España y Qatar, ha obtenido 75 primeros premios en concursos nacionales e internacionales. Y su obra ha sido finalista en un gran número de premios de reconocido prestigio, como los FAD y Construmat. Posee una monografía TC de su obra reciente, también expuesta en la Bienal de Venecia de 2008 y 2012 y en publicaciones internacionales como El Croquis, AV o Detail.

Estimado Miguel Ángel, agradecemos su apoyo y el tiempo dedicado a responder esta entrevista para nuestro boletín.

  1. ¿Cómo fueron sus inicios, qué le condujo a la Arquitectura y posteriormente a la docencia?

Suelo contar que no tenía la ambición de ser arquitecto, aunque sí tenía una vocación artística heredada de mi madre. Estudiar arquitectura fue una decisión que contentaba los deseos de mi padre de que cursara una carrera de prestigio. Al final, tras encontrarme con Curro Inza en la Escuela de Pamplona, trabajar en su estudio, y ser luego alumno y colaborador de Javier Carvajal, mi vinculación con el mundo arquitectónico se hizo total.

No puedo decir cuál fue primera si la vocación por la docencia o por la construcción de la arquitectura. Ambas son, para mí, inseparables desde hace cincuenta años, desde que descubrí, en primero de carrera y al exigirme un profesor que ayudara a otros compañeros, que al tratar de enseñar, verdaderamente se aprende.

Y para enseñar era necesario formarse más allá de los trucos habituales del hacer para conocer sobre la teoría y la crítica, sobre el modo de enfrentarse a los problemas de la arquitectura a través del legado de los maestros, aprender de la historia de la disciplina para enfrentar los problemas de la profesión con una visión de largo recorrido y alentar con ella a los futuros arquitectos. Al final, teoría, práctica y crítica forman la unidad del saber arquitectónico.

  1. ¿Ha cambiado mucho la forma de enseñar Arquitectura?

Sin duda ha cambiado. Yo comencé mi carrera pasando del tiralíneas al rotring en dibujo técnico y de la regla de cálculo a la calculadora sin raíces en los exámenes de estructuras. Eso podría dar una imagen del cambio en lo instrumental pero también ha habido un gran cambio en la didáctica.

La relación entre profesor y alumno era muy diferente, el profesor era un ser revestido de una autoridad que no necesitaba justificarse ante el alumno, era alguien muy distinto y a veces muy distante. Hoy esas figuras se plantean desde una relación mucho más cercana, propia de un tutor o un entrenador, que ha dado mucho más protagonismo al estudiante y se la ha restado al profesor, tantas veces sumido en un mar de requisitos y justificaciones burocráticas que antes eran inconcebibles.

Ha cambiado también en que, antes, el alumno era consciente de que, si quería aprender, tenía que buscarse la vida, comprar libros, viajar, investigar, etc. Nadie le iba a ayudar en su proceso de aprendizaje por eso era importante preguntar y preguntarse de modo crítico, crear grupos de interés. Hoy el alumno posee tantos recursos, materiales y virtuales, y tan accesibles de modo individual, que tiende a pensar que tiene el derecho a ser enseñado, no el deber de aprender. Se ha generalizado, también por dejación del propio profesorado, una actitud pasiva en el aula o en el taller que no activa el diálogo docente y que no enriquece ni al alumno, ni al profesor. Todavía es peor cuando esa actitud se transforma en sospecha y se abre la vía de la cancelación que genera autocensura y destruye la libertad de pensamiento universitario.

No obstante, frente al autoritarismo de antaño y al colaboracionismo de hoy, siempre ha sido posible encontrar verdaderos maestros que forman verdaderos discípulos. Profesores que son capaces de regalar visiones globales de la disciplina y de dar un sentido profundo a su enseñanza, sea la que sea, que trasciende lo meramente técnico u operativo para construir en el alumno valores que le ayuden a comprender la dimensión transformadora de su profesión. No son muchos porque suele abundar lo mediocre, pero aquellos son recordados, ayer y hoy, como los maestros que hacen grandes las escuelas y marcan para siempre nuestra experiencia de la arquitectura.

  1. Durante su trayectoria profesional, ha recibido más de setenta premios de concursos nacionales e internacionales. De todos ellos, ¿hay alguno que haya marcado su carrera profesional?

Suelen marcarnos aquellos premios que recibimos al principio y que suponen un espaldarazo al comienzo de nuestra carrera profesional. Recuerdo el primero que fue origen de nuestro despacho, un concurso de Viviendas Sociales en Ermitagaña-Pamplona (1986), así como el Museo de la Viña y el Vino en Olite (1996) y la sede de Ericsson-BTC en Zamudio (1998). Estas han sido dos de las obras que mayor reconocimiento nacional e internacional nos han otorgado. No obstante, casi todos los años hemos ganado algún concurso, perdiendo a cambio muchos otros, lo que supone un impulso constante y hace que todos sean muy queridos y por ello me gusta recordar los últimos del Centro Adinberri en Pasaia (2019) o el Polideportivo Torresolo en Leioa (2021).

También se recuerdan especialmente otros que no han llegado a ser obras construidas o que se malograron en el camino, como la Rehabilitación de la Central Térmica de Alcudia  (2007), el Gran Espacio Escénico de la Ciudad de Granada, en colaboración con Kengo Kuma, (2008), el Museo Nacional  de la Energía en Compostilla (2009) o el Centro Regional de Naciones Unidas en Panamá (2011). Son proyectos que nos dieron gran visibilidad pero que generan la nostalgia de aquello que no se ha hecho realidad construida.

  1. Hispalyt ha convocado la nueva edición de los Premios de Arquitectura de Ladrillo y Teja 2021-2023, del que usted formó parte como miembro del Jurado en la edición 2013-2015. El objetivo de estos Premios es valorar y difundir las obras más significativas construidas con ladrillo cara vista y teja cerámica. ¿Qué cree que este tipo de Premios puede aportar a los futuros arquitectos y profesionales del sector de la construcción?

Los premios son un acicate permanente y un gran apoyo en la carrera profesional de los arquitectos por lo que se agradece especialmente el esfuerzo de empresas e instituciones que los patrocinan y los mantienen. Son un espacio de competencia y, muchas veces, una fuente de injusticias no queridas al tener que elegir a unos frente a otros, a pesar de la gran calidad habitual de los contendientes, pero, como decían nuestros maestros, es el gimnasio al que no podemos renunciar si queremos seguir vivos en la profesión.

Además, como en este certamen patrocinado por Hispalyt, suelen ser un medio eficaz de valorar y divulgar las buenas prácticas de tantos profesionales esforzados que, día a día, trabajan con productos cerámicos y hacen honor a una tradición ancestral de nuestra arquitectura. Sirven a los que son veteranos y estimulan a los que comienzan su andadura profesional, son imprescindibles.

  1. Como arquitecto de prestigio nacional e internacional, ¿qué obras realizadas con ladrillo cara vista destacaría?

Me gustaría, en primer lugar, destacar la gran tradición hispana del uso del ladrillo, desde la arquitectura mudéjar a Flórez o Gaudí, de la que tanto tenemos que aprender, y en segundo lugar, las obras muchas veces anónimas de tantos arquitectos que construyeron los ensanches y barrios populares de posguerra. En conjunto son una magnífica lección de permanencia histórica y calidad artesanal hoy difícilmente repetible.

De esas generaciones, no dejo de admirar el trabajo de Luis Moya en la iglesia de San Agustín y en la Universidad laboral de Gijón, o de Curro Inza en la Fábrica de Chorizos y el Colegio El Pinarillo de Segovia, dos de mis maestros cercanos; por no citar a otros como Cabrero y Aburto con el Edificio Sindicatos, o Coderch y Valls en sus viviendas de Compositor Bach y en Ortega y Gasset, frente a otro magnífico edificio de ladrillo de Ruiz de la Prada. La lista sería interminable porque si algo han sabido los arquitectos españoles, ha sido trabajar con el ladrillo.

Naturalmente hay algunas obras más citadas de arquitectos más reconocidos como es el caso del edificio Bankinter de Moneo y Bescós, o el Museo de Mérida del propio Moneo, y el auditorio de Llinars del Vallés de Álvaro Siza y Aresta, por poner ejemplos, distanciados en el tiempo, de dos arquitectos ibéricos que son premio Pritzker. No obstante, ahora me interesa mucho descubrir cómo arquitectos de las generaciones jóvenes recuperan el valor del ladrillo desde un punto de vista plástico y constructivo, tal es el caso de Harquitectes o de Atelier Atlántico.

  1. Ante el contexto actual, en el que vemos un uso indiscriminado de SATE, sobre todo en la rehabilitación de edificios de ladrillo cara vista, que está desnaturalizando barrios enteros y suponiendo una pérdida de identidad y del patrimonio arquitectónico de nuestras ciudades, desde su punto de vista como experto en Patrimonio histórico, ¿qué opina sobre el presente y el futuro de la conservación del patrimonio ambiental y arquitectónico de nuestras ciudades? ¿Cree que se aplican las medidas necesarias para el mantenimiento de los edificios y monumentos históricos? ¿Qué medidas considera indispensables para evitar esta pérdida de identidad estética en la arquitectura de nuestro país?

En numerosos foros he alertado del daño que al patrimonio ambiental y arquitectónico se puede producir cuando se decide revestir, por razones de eficiencia energética, fachadas de ladrillo con materiales que nada tienen que ver con la naturaleza cerámica de su arquitectura, sin adecuarse a la composición geométrica original, ni al material o textura del edificio preexistente. Aplicar de manera ciega y estandarizada un sistema técnico a una fachada pública es un error, ya que, en estas cuestiones, el material, la textura, el tamaño y la disposición de las piezas importa y mucho.

Estas actuaciones descontroladas e insensibles producen la destrucción sorda del tejido constructivo de nuestras ciudades que, durante generaciones, se ha basado en fachadas de materiales cerámicos y que es patrimonio común de todos nosotros bajo la coartada de lograr, a toda costa, una mejora energética.

Tales actuaciones ya han dejado ejemplos lastimosos en los barrios y ensanches de cualquier ciudad y son una amenaza real que se propaga por doquier sin que, teóricamente, las normas urbanísticas u ordenanzas municipales hayan querido poner coto a unas intervenciones tan demandadas por los objetivos de reducción de consumos energéticos que hay que atender pero que, necesariamente, han de ser específicas y adecuadas a cada objeto arquitectónico que compone la trama urbana de cualquier ciudad o pueblo de un país, tan rico arquitectónicamente como el nuestro.

Por todo ello, además de pedir responsabilidad a nuestro propio colectivo, exigiendo que utilicemos la lógica y no la receta para ser fieles al arte de la construcción que siempre ha supuesto una manipulación creativa de los fríos sistemas técnicos o de las meras prescripciones comerciales; suelo apelar a la conciencia cívica de los ciudadanos para señalar que las fachadas de los edificios no son una simple propiedad privada sino que son también un elemento de común disfrute de la ciudadanía, un bien compartido por todos que, a través de la condición histórica y la personalidad diferencial del espacio público trazado por los edificios e instituciones de cada ciudad, nos integra y nos regala señas de identidad.

Reconozco también las dificultades que la gestión de un proceso de rehabilitación en una comunidad de vecinos conlleva y quienes se dedican a ello gozan de mi admiración, pero hay que reconocer que la dimensión pública de tales acciones, cuando afectan a fachadas y a cubiertas, significa que no pueden ser resueltas por criterios puramente coyunturales sino que deben evaluarse desde una visión comunitaria ya que las transformaciones, muchas veces, producen daños irreversibles en el tejido urbano.

Una situación que exige, finalmente, la acción de los poderes públicos para preservar estudiando caso a caso, sin normas pero con criterios, una herencia compartida cuya custodia nos corresponde a todos so pena de dilapidar, en unos pocos años, aquello que tan importante era para los arquitectos e historiadores críticos con las consecuencias de la presión uniformadora del Estilo Internacional y de la devastación de los centros históricos tras la Segunda Guerra Mundial, que denominaban como el respeto de “las preexistencias ambientales”.

  1. Los fabricantes de ladrillo cara vista han desarrollado varios sistemas industrializados de fachada de ladrillo cara vista, como Flexbrick, Termoklinker, IRIS y MAPS, que permiten rehabilitar edificios con fachadas de ladrillo cara vista ¿qué ventajas cree que pueden aportar estos sistemas constructivos?

Es evidente que la arquitectura de ladrillo debería rehabilitarse mayoritariamente con materiales y sistemas que remitan a su condición original para no producir restauraciones “fake” al estilo de las que desgraciadamente hemos visto en el mundo del arte y donde, gracias a que existe un notable consenso técnico y normativo al respecto, el “Ecce Homo” de Borja no deja de ser una anécdota.

Las ventajas son constructivas, por la probada resistencia a la intemperie de los materiales cerámicos; técnicas, por su facilidad de implementación y adaptación a edificaciones existentes; y ambientales, por su capacidad de preservar la imagen del entorno construido.

El esfuerzo innovador del sector para ofrecer soluciones aplicables y asequibles a esta necesidad es encomiable y el sector debe reconocerlo y aplicarlo. Sin embargo, necesita de un nuevo impulso porque se parte en desventaja respecto a los desarrollados en países con menos tradición cerámica y porque la demanda de rehabilitación energética y constructiva va a crecer exponencialmente en los próximos años,

A este esfuerzo debe sumarse una campaña de divulgación de los valores del ladrillo como material de fachada, no sólo en términos constructivos o de durabilidad, sino también en términos de imagen de un material magnífico que ha sufrido, injustamente, el sambenito de protagonizar una crisis financiera, pasando de ser un acabado admirado por el usuario a ser considerado como un revestimiento vulgar.

  1. Respecto a los “Fondos Next Generation”, ¿cree que se hace un buen uso de estos fondos destinados a la rehabilitación y mejora energética de nuestros edificios y ciudades?

La avalancha de fondos destinados a la rehabilitación y mejora energética de nuestros edificios y ciudades, a través del Plan de Recuperación Europea denominado “Next Generation”, plantea un reto de gestión y un problema cultural de primera magnitud para la conservación del patrimonio ambiental y arquitectónico. Este reto es el de aprovechar esa extraordinaria fuente de financiación en mejorar energéticamente los edificios sin hacer desaparecer los valores de sus fachadas y, con ellas, de su entorno.

Un reto que no puede eludirse pero que debemos acometer con un equilibrio razonable, en términos económicos y ambientales, entre tecnologías disponibles y arquitecturas posibles.

Ciertamente, la epidemia del rechapado indiscriminado, el “alicatado de fachadas” como suelo decir humorísticamente, es una amenaza que tampoco entiende de límites geográficos, culturales o políticos. Esta realidad visible que amenaza nuestros barrios, es el resultado de la traducción simplista del amplio concepto de regeneración energética como la simple sustitución del material de fachada por una capa aislante y un material impermeable y homogéneo, lo más aséptico posible.

Este hecho, en un horizonte de inversión subvencionada y acuciados por la necesidad de gastar a todo trance los fondos europeos, puede producir un efecto energético positivo a costa de un deterioro ambiental y estético enorme cuando siempre hay soluciones alternativas aunque posiblemente no sean las más económicas, pero sí las más adecuadas. Ahí es donde los poderes públicos pueden discriminar e incentivar soluciones que protejan el patrimonio común de los materiales, no sólo el ladrillo pero sobre todo el ladrillo, que dotan de identidad a los barrios de nuestras ciudades, exigiendo intervenciones con criterios de calidad, no solo material y técnica, sino arquitectónica, en el sentido pleno del término.

  1. Por último, ¿qué mensaje le trasmitiría a los futuros arquitectos y profesionales del sector de la construcción para afrontar los nuevos retos que supone la Arquitectura en nuestro país?

La arquitectura es una actividad económica pero también es un legado cultural, es una herencia compartida cuya custodia corresponde a todos los que intervienen en el sector de la construcción. Rehabilitar y mejorar la edificación exige aplicar a fondo los mejores criterios arquitectónicos, de rigor y sensibilidad, de sabiduría técnica y cuidado artesanal, de economía de medios y de eficacia en las soluciones, de orden y de composición, etc.

Una labor que es un gran reto colectivo y que debe atender a la mejora y actualización de las prestaciones de nuestra masa edificada, especialmente de la construida en la segunda mitad del siglo XX, pero también a la escala y posición urbana de cada edificio, al trazado y ritmo de sus llenos y vacíos, a la textura y composición de sus fábricas constructivas, a su color y tonalidad, etc. En definitiva, a los valores arquitectónicos que hacen únicos a tantos edificios humildes de nuestro paisaje urbano, a tantos conjuntos de viviendas populares, cuyo mayor encanto reside en la unidad de tratamiento material y, por supuesto, a todos aquellos que hayan adquirido con el paso del tiempo una condición de patrimonio cultural de la ciudad.

Hoy como ayer, la labor de todos es contribuir a la mejora del parque edificado, tanto público como privado, sin hacer desaparecer o sin desfigurar el testimonio construido de generaciones anteriores, hasta dejarnos sin memoria construida o simplemente reducida a unos pocos edificios singulares que, tantas veces, no nos representan porque son fruto de corrientes internacionales. Perder la memoria es perder identidad y sin memoria no se puede construir el futuro, también el de nuestra arquitectura.

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